Florece en gratitud
Reza por gratitud, no por miedo
Un hombre reza a Dios cada día: «Oh Dios. No tengo dinero suficiente. Ayúdame, por favor, a ganar un premio gordo de la lotería ¡de al menos diez millones de rupias! Si me toca, te prometo que ofreceré el 20% de mis ganancias a tu santuario. Si no me crees, deduce por favor dos millones para ti, y dame los ocho millones restantes».
Todos nuestros tratos son exactamente así: ¡un mero negocio! Puede que en nuestras vidas no parezca tan obvio, pero si analizas profundamente tu actitud al rezar, comprenderás que mantienes tratos comerciales con todo el mundo, incluyendo a Dios.
Una anécdota:
Un día, un pobre se dirigió al palacio del emperador Akbar. Quería pedirle que le diese un dinero para los estudios de su hijo. Akbar tenía fama de no ignorar a nadie que le pidiese ayuda. Cuando el hombre llegó al palacio vio que Akbar ofrecía sus oraciones a Dios. Así que dio media vuelta sin pedir nada. Pero Akbar le vio e hizo que regresase. Le preguntó: «¿Por qué te marchabas sin pedir nada?». El hombre contestó: «Majestad, vine a pediros limosna, ¡pero vi que vos también mendigabais!».
Si observas nuestras oraciones, te darás cuenta de que en realidad solo mendigamos. No hacemos más que pedir, pedir y pedir. Nuestra oración no es más que un cuenco de limosnas. Pedimos cosas materiales, relaciones fluidas, poder, alcanzar nuestras metas, belleza física y de todo.
Mentalmente pedimos una cosa u otra continuamente. Estamos tan acostumbrados a pedir que se ha convertido en un proceso interior inconsciente y pudiera ser que ni siquiera aceptemos que estamos pidiendo. Ni siquiera lo consideramos pedir. ¡Se ha convertido en una forma de vivir natural! Nos hemos implicado mucho en ella y por lo tanto somos incapaces de separarnos de la misma y observarla con una mente despejada.
Comprende que solo existen dos tipos de religión en el mundo: las religiones basadas en la oración y las religiones basadas en la gratitud.
La religión de la oración trata sobre todo de pedirle a Dios una u otra cosa. Puede ser seguida por las masas, porque está muy de acuerdo con nuestra actitud pedigüeña. Está en sintonía con el condicionamiento que ha estado funcionando en nuestro interior desde muy jóvenes. Pedir es la oración que nos han enseñado desde niños. Da la impresión de ser la manera más natural de acercarse a Dios o a la Existencia.
Por otra parte, la religión de gratitud se basa simplemente en una gratitud rebosante que procede del interior, por Dios o la Existencia. Es muy distinto de lo que nos han enseñado desde la infancia. Siempre nos enseñaron a agradecer únicamente lo recibido, eso es todo. Nos han enseñado gratitud como una convención social. ¡Como si solo fuera eso!
¿Cómo, pues, podemos ser agradecidos todo el tiempo? ¡Es demasiado para poder digerirlo! Por eso las religiones de gratitud solo cuentan con unos pocos y selectos seguidores.
Solo unas pocas religiones meditativas, como el budismo, el sufismo, el hinduismo y el jainismo abordan la gratitud. Esas religiones cuentan con pocos seguidores, pero la calidad de los mismos es alta.
No hay nada malo en la oración, pero quedarse enganchado al acto de pedir mientras se reza es el principio del problema. La oración debería utilizarse como trampolín para entrar en meditación; ¡una meditación en que la gratitud se convierta en oración y tu ser se convierta en dicha!
Pudieras pensar: «Ofrecer tu gratitud puede que sea una costumbre social, ¿pero cómo puede convertirse en una meditación?». Comprenderás lo que quiero decir cuando empieces ofreciendo tu gratitud. Cuando empieces a ofrecer tu gratitud, comprenderás el valor de tu vida.
Te digo que solo eres consciente de la gente que es directamente responsable de mantenerte y cuidarte. Pero durante esos momentos y otros miles, no eres ni siquiera consciente de que eres ayudado, protegido y cuidado por la Existencia, por el cosmos, por la energía universal.
Siempre crees que todo lo que se te ha dado es porque lo merecías o porque fue un evento fortuito. Cuando empiezas a ver y sentir la mano invisible de la Existencia ocupándose de ti, comprendes que la Existencia te quiere aquí. Solo entonces comprenderás que la Existencia te ha estado obsequiando constantemente.
El hecho de que estés vivo basta para demostrarte que la Existencia te quiere aquí y que se ocupa de ti. Solo cuando no lo entiendes te sientes embotado y deprimido, y no dejas de pedir, como si fueses la persona más necesitada del mundo.
Si escuchas desde tu ser lo que estamos diciendo aquí, ¡podrás armonizarte y tornarte sensible a las maravillosas maneras de dar de la Existencia!
Dios es amoroso, no aterrador
La mayoría rezamos a Dios con temor. Puedes ver a las madres diciéndoles a sus hijos que si no hacen ciertas cosas, Dios se enfadará con ellos. Esas afirmaciones arraigan en el niño a edad muy temprana, ofreciéndole un concepto erróneo de Dios. Ese es el condicionamiento al que sometes a tu hijo desde muy joven. Cuando crecen, y a consecuencia de ello, se enfrentan a graves dilemas. En lugar de abrazar la Existencia con amor y gratitud, se separan con respeto y temor.
La religión, si se sigue por miedo, no te conducirá a ninguna parte; no preparará el terreno para que en ti tenga lugar una transformación. Pudieras progresar materialmente a causa de la fe que tienes en pedir, pero a nivel del ser permanecerás donde estás. El auténtico propósito o consumación de la vida nunca puede suceder en el camino material; solo a nivel del ser. La gente que pasa por lo que se denomina depresión de éxito podrá comprender mejor lo que estoy diciendo. Hemos hablado de la depresión de éxito en sesiones anteriores.
Hay que seguir la religión a partir de un profundo amor y gratitud por el divino o Existencia. Aunque la sociedad te enseña a venerar a Dios en nombre del miedo, yo te digo: no lo hagas nunca. Reza siempre con amor y gratitud hacia el divino.
Una anécdota:
Junnaid, un maestro sufí, solía expresar su gratitud hacia Dios cinco veces al día. Una vez, él y sus seguidores recorrían diversas aldeas en las que el sufismo no se aceptaba como religión.
En la primera, la gente les acusó de mendigar y les dio unas exiguas limosnas.
Al día siguiente, en el segundo pueblo, la gente se negó a darles nada.
El tercer día, la población por la que pasaron se mostró tan hostil que los aldeanos les echaron con palos y piedras.
Esa noche, como de costumbre, Junnaid se postró y ofreció su gratitud a Dios.
Sus discípulos le observaron. Para ellos se estaba pasando de la raya.
No podían entender por qué Junnaid daba las gracias a Dios.
Estaban furiosos.
Clamaron en voz alta: «¡Maestro! ¡Llevamos tres días sin comida! ¡Hoy nos han echado de ese pueblo como a perros! ¿Es eso lo que agradeces?».
Junnaid les miró y dijo: «¡Habláis de pasar hambre tres días! ¿Habéis dado gracias a Dios por los alimentos que habéis recibido durante treinta años? Hay algo que debéis saber: mi gratitud no es por recibir o no recibir algo. Se trata simplemente de una expresión de profunda alegría y amor en mi ser. Es una expresión imparcial y piadosa, eso es todo».
Cuando vives con una apabullante gratitud en ti, es que has descubierto un espacio donde no se requiere nada más. Significa que has caído en meditación. Entonces no te preocuparás por nada más. Estás en el buen camino. Tu mente deja de ser un obstáculo para tu desarrollo; tu mente ha desaparecido. La mente no puede inmiscuirse cuando te desborda el corazón. ¿De dónde saldrá el descontento cuando no haya espacio para la mente? El descontento no puede proceder del corazón. Es sencillamente un producto de la mente.