¡Vuélvete gratitud y disfruta!
¡Debes devenir gratitud! La mejor manera de devenir gratitud es aprender a disfrutar sin tener una razón. Disfruta de todo lo que ves, de todo lo que oyes, de todo lo que haces, con la suprema confianza de que la Existencia se está ocupando. La vida sencillamente se transformará ante tus ojos y tú rebosarás continuamente porque siempre estarás disfrutándola.
Una anécdota:
Un hombre caminaba junto a un mangal, repleto de mangos de distintas variedades.
Entró en la arboleda, miró alrededor, lo consideró, redactó algunas estadísticas y se marchó media hora más tarde, con datos y cifras.
Al cabo de un rato, otro hombre pasó andando junto al mismo bosquecillo.
Entró en él, arrancó varios mangos, ¡se los comió encantado y se marchó!
Por favor, ahora no vayas a un mangal y te comas los mangos. ¡Te lapidarían si lo hicieras! Trata de comprender lo que intento decir. Aprende a disfrutar de la vida sin hacerte preguntas, aunque con ello no quiero decir que debas abandonar tu trabajo y dedicarte únicamente a disfrutar todo el tiempo.
Has de trabajar, sin duda. Nadie te va a dar nada si solo disfrutas. Lo que digo es que no busques razones para disfrutar, eso es todo. Simplemente disfruta de todo sin buscar razones. Permite que el disfrute se convierta en tu autentica naturaleza, y luego la gratitud pasará a convertirse en tu verdadero ser.
Tu profesión pudiera ser la que es, tu posición social la que sea, tu estado financiero puede ser cualquier cosa, pero disfrutar es algo que cualquier persona puede hacer independientemente de todo lo anterior.
El problema es que siempre sientes que debería existir un factor causativo para todo, incluyendo el disfrutar. Has entrenado tu mente con ese tipo de patrones de pensamientos. Esa también es la razón por la que a menudo sientes que los demás han sido bendecidos con cosas que no merecían, mientras que tus esfuerzos no han sido correspondidos de manera adecuada.
Siempre consideras que has de trabajar mucho para poder disfrutar. ¡No! Trabajar duro está bien, pero no tiene nada que ver con la capacidad de disfrutar. Abandona esa idea. Ese será el único modo en que dejarás de quejarte o de sentirte insatisfecho.
La Existencia te colma de bienes. Si eliges disfrutar de ello, lo conseguirás. Depende únicamente de lo que tú decidas. Eliges mal y luego te quejas o culpas a otro. Recuerda, nadie es responsable de lo que a ti te ocurre. Todo es una elección consciente que tú realizas inconscientemente. Debido a la falta de conciencia que tienes, tomas decisiones inconscientes y monótonas y acabas quejándote de la vida.
Recuerda siempre que el cielo y el infierno no son lugares sitos en el mundo exterior. Tú los creas en tu interior. En el momento que dejas de confiar en la Existencia, te estás alienando de la misma y llevas un infierno contigo allá donde vayas.
Un profesor preguntó en una ocasión a sus estudiantes: «¿Puede decirme alguien dónde creéis que está el infierno?».
Al cabo de un largo silencio, una chiquilla se puso en pie y contestó: «En el estudio de mi padre».
Para el profesor fue una sorpresa, y le preguntó a la niña por qué había dicho eso. La niña contestó: «Cada vez que entramos en el estudio de mi papá, nos dice: "¡Demonios, salid de aquí!».
Sé con gratitud; con eso basta
A los niños se les forma desde temprana edad para que crean que cielo e infierno son entidades fuera de ellos mismos. Se les entrena para que crean que Dios está sentado por encima, en un enorme trono, observado cada uno de nuestros movimientos, y apuntando nuestros pecados y buenas obras.
Pensando de esa manera ponemos en marcha el ciclo de causa y efecto de todas nuestras acciones. Asociamos las buenas obras con el cielo y las maldades con el infierno. Empezamos pensando que Dios y toda la Existencia son un centro de transacciones. Todos nos convertimos en negociantes, cada uno a su manera, ¡sea cual sea nuestra auténtica profesión!
¿Qué haces cuando vas al templo? Compras flores, cocos y frutas y te diriges a la divinidad del interior y realizas una ofrenda a la misma en nombre de tu familia. Le dices el nombre, la estrella de nacimiento, etc., de cada uno de los miembros de la familia y llevas a cabo el ritual.
El pobre sacerdote sostendrá un cuenco en su mano y tú irás diciéndole una larga lista de nombres con todos los detalles de cada uno de los miembros de la familia. ¡Qué miedo tienes de que Dios pudiera enviar las bendiciones a la persona equivocada, al hogar que no es! Le proporcionas la situación geográfica exacta, etc., e insistes en que has sido tú y nadie más quien ha hecho la ofrenda. Tras hacer todo eso, sales del templo. ¿Verdad que sí?
¡Como si Dios no fuese a saber todo eso si tú no se lo dices! Como si necesitases recordarle a Dios tu existencia para que te colme de parabienes.
Todo lo que necesitas hacer es sentir una gratitud continuada hacia Él, eso es todo. Él siempre te colmará.
No se trata de que te vea con problemas y que decida echarte una mano, o que vea que vas bien y entonces te ignore. Todo eso no es sino nuestro propio condicionamiento que proyectamos sobre Dios. Todo eso es lo que nos ha enseñado la sociedad desde pequeños.
Simplemente entra en el templo con sensación de gratitud; permanece ante cada divinidad durante unos minutos con un profundo agradecimiento, y deja el templo en la misma disposición. Eso bastará. El resto se resolverá por sí mismo. Esa es la oración esencial. La gratitud es la ofrenda esencial.
Utiliza estos días que vas a permanecer aquí de manera eficaz para experimentar lo que estoy diciendo. Permite que la gratitud eche raíces en estos pocos días, cuando estás lejos del mundo exterior. Ábrete y permítete florecer. Tienes ante ti una oportunidad excepcional. Es una oportunidad para transformarte. No te la pierdas. Crea un nuevo espacio interior en ti, que irá contigo cuando dejes este lugar.