¿Qué más quieres?
Puedo decirte a partir de mi experiencia que la Existencia siempre nos está obsequiando. ¡Qué abundancia! Pero estamos tan entrenados en la disciplina del descontento que nos hemos tornado insensibles a lo que recibimos. Siempre queremos más.
Una anécdota:
Un hombre realizaba una rigurosa penitencia en la selva para que Dios se le apareciese.
Dios apareció frente a él y le dijo al hombre que pidiese lo que quisiera.
El hombre estaba lleno de alegría y dijo que era terrateniente, que había perdido toda su riqueza y que quería volver a ser rico.
Dios se apiadó de él y le dijo que al día siguiente, si el hombre corría desde el amanecer al anochecer, toda la zona recorrida sería suya.
El hombre se sintió extremadamente feliz.
Al día siguiente empezó a correr incluso antes del amanecer.
Corrió todo lo rápido que pudo.
Alrededor del mediodía sintió hambre pero no hizo caso y continuó corriendo.
A media tarde, la sed y el cansancio le asaltaron, pero él no hacía sino pensar en el terrateniente vecino, que poseía muchos acres de tierra. Las imágenes de toda su riqueza le vinieron a la mente y siguió corriendo.
Poco antes del anochecer se sintió mareado y débil, pero se las arregló para dar unos cuantos pasos más.
Cuando anocheció, vaciló... y cayó muerto.
Así es como todos vivimos nuestras vidas. ¡Corremos la carrera sin ni siquiera detenernos a pensar por qué estamos corriendo! ¡Corremos porque todos los demás corren! Shankaracharya los describe bellamente como «thatha kim, thatha kim», que significa: «¿Qué sigue, qué sigue?». Todo el tiempo estamos pensando en «qué sigue».
Otra anécdota:
Encontraron a un hombre llorando en el umbral de su casa.
Su amigo le preguntó qué le sucedía.
Dijo él: «Mi tía abuela ha muerto dejándome todo su dinero».
El amigo se quedó perplejo y dijo: «Pero ya era muy mayor, y además te ha dejado todo su dinero. ¿Por qué lloras?».
El hombre contestó: «No sabes nada... la semana antes de eso, mi tío murió y me dejó todo su dinero».
El amigo se quedó perplejo y dijo: «¿Y por qué lloras?».
El hombre continuó: «Y la semana anterior, mi tía murió y me dejó todo su dinero».
El amigo no entendía por qué eso le hacía llorar.
Preguntó: «Por favor, dime por qué todo eso te hace llorar».
El hombre dijo: «¡Porque no quedan más familiares que puedan morirse y dejarme su dinero!».
Sí, claro, esta historia es una exageración, pero así es como somos. No nos sentimos felices a pesar de todo lo que tenemos.
Imagina, durante 24 horas, de la mañana hasta la noche, que has perdido la vista. Intenta trabajar manteniendo los ojos cerrados. En pocos minutos comprenderás la dificultad. Qué alivio será abrir los ojos y volver a ver el mundo. ¡Probablemente entonces agradezcas a Dios el don de la vista!
¿Alguna vez te has comparado con personas que no pueden ver y dado las gracias a Dios por disfrutar de la vista? ¡No! ¿Por qué no? Porque todo lo que se te ha dado siempre lo has dado por hecho. Esa es la razón. Piensas: «Sea como fuere está ahí, vamos a ver qué es lo siguiente».