Por qué y cómo nos preocupamos
Preocuparse es lo que sucede cuando te comparas constantemente con marcos de referencia externos y te lo repites continuamente. Con el tiempo, eso se convierte en tu configuración mental.
Tu propia configuración mental se torna preocupación.
Piensas:
¿Me lo monto tan bien como mis vecinos?
¿Cómo puedo impresionar a mi jefe?
¿Qué van a pensar mis hijos?
Todo el tiempo necesitamos obtener la aprobación de los demás, sea de la familia, del trabajo o de la sociedad. Eso conforma la mayor parte de nuestras preocupaciones. Nuestra vida no es más que un proceso de recopilación de certificados de los demás. Si los demás no nos siguen dando certificados de Buen Marido, Buen Empleado, Buen Vecino, nos preocupa que nuestra vida carezca de sentido. Conformamos nuestra personalidad únicamente a partir de los certificados ajenos. Hemos dejado de confiar en nosotros mismos; ese el problema.
De niños, todos estuvimos muy centrados en nuestro propio ser. ¿Has visto a algún niño preocuparse de lo que la gente pudiera pensar de él? ¡No! Un niño es hermoso porque carece de preocupaciones. No le preocupa nada de lo que los demás digan de él.
Al crecer, la sociedad nos enseña a valorarnos a través de las ideas y opiniones ajenas. La sociedad nos convierte en dependientes del apoyo externo, de la certificación ajena, en todos nuestros actos y palabras. Por eso siempre andamos preocupados por lo que otros pudieran decir de nosotros.
También, cuando te preocupas por algo, sientes que cuentas con un punto de referencia definido con el que orientar tu vida. Por eso preocuparte le proporciona una dirección a tu vida. Sin preocupaciones sentirías que careces de eje en el que discurrir. Y por eso alimentas tus preocupaciones.
Permite que te cuente una anécdota:
Había tres hombres sentados en una isla abandonada.
No sabían cuántos años llevaban allí.
De repente, uno de ellos encontró una botella y la agarró.
La frotó con las manos y apareció un genio del interior.
Se quedaron de una pieza.
El genio les dijo: «Gracias por liberarme de la botella. Cada uno de ustedes puede pedirme un deseo y yo se lo concederé».
Todos se emocionaron mucho y se lo pensaron un rato.
El primer hombre dijo: «Quiero casarme con mi novia y vivir feliz».
El genio dijo: «De acuerdo, su deseo se cumplirá».
El primero hombre desapareció de la isla y el genio miró ahora al segundo.
El segundo hombre dijo: «Quiero llegar a ser un rico hombre de negocios».
El genio dijo: «De acuerdo, su deseo le será concedido».
El segundo hombre desapareció y el genio le preguntó al tercer hombre qué quería.
El tercer hombre dijo: «Voy a echar de menos a mis dos amigos, que han estado conmigo durante todos estos años. ¡Quiero estar con ellos!».
El genio dijo: «De acuerdo», y desapareció, dejando a los tres hombres tal y como estaban al principio, ¡en la isla abandonada!
El tercero estaba en realidad apegado a su preocupación ¡que era quedarse atrás en la isla abandonada! Eso es lo que quiero decir cuando digo que ¡le tenemos mucho cariño a nuestras preocupaciones! Aseguramos que nos hacen desgraciados pero estamos muy apegados a ellas.
Hay gente que llega y me dice: «Swamiji, mi negocio va cada vez peor. El mes pasado tuve grandes pérdidas y sé que este mes será incluso peor».
Así que les pregunto: «Si ya lo sabe, ¿por qué no cierra ahora mismo? ¿Por qué sigue sufriendo?».
Pero me miran asombrados. Y me preguntan, incrédulos: «¿Pero qué dice, Swamiji? ¿Qué haría entonces?».
En el momento en que te ofrezco solución para tu preocupación, tú te agitas porque sin una razón para preocuparse, tu ego ¡pierde la razón de su existencia! Por eso eliges seguir en la dimensión de la preocupación. Cuando estás preocupado, sientes que eres alguien. Te sientes sólido.
Mientras que, cuando no tienes preocupaciones eres dichoso, ¡pero en esa dimensión no eres nadie! No hay material para mantenerte ocupado. No hay nada que resolver. Te sientes inseguro, como una nulidad. Por eso te digo que para disfrutar de un estado menos angustiado, en primer lugar has de abandonar el deseo del ego de ser una entidad sólida.
Lo que tiene el preocuparse es, en primer lugar, que se trata de alimentar la mente, mantenerla ocupada. Además, cada persona cree que solo ella tiene un montón de preocupaciones y que solo ella es infeliz, ¡y que todo el mundo es muy feliz! Pero lo curioso es que ¡todo el mundo piensa lo mismo! ¿Cómo es posible?
Una anécdota:
En cierto reino llegó a oídos del rey que todos sus súbditos estaban deprimidos, porque cada uno tenía la impresión de que no podía tener menos preocupaciones, y que el resto de sus conciudadanos carecía de ellas.
Así que el rey anunció la creación de una «Oferta de Intercambio de Preocupaciones», a la que la gente podía traer sus grandes preocupaciones y cambiarlas por las pequeñas preocupaciones de otras personas.
Se preparó un gran espacio y en el centro se colocó una enorme «marmita de las preocupaciones».
Todos los que quisieran podían acercarse, echar sus propias preocupaciones al interior, luego tomar otras que les pareciesen preferibles.
Lo único era que tenían que llevarse algunas preocupaciones.
Todo el reino se reunió para asistir al evento.
La gente circulaba por los alrededores, encontrándose, hablando entre sí sobre sus preocupaciones.
El evento se declaró abierto para el intercambio de preocupaciones al cabo de bastante tiempo.
Pasó el tiempo y no hubo ni una sola persona que se acercase para echar sus preocupaciones en la marmita.
El rey preguntó a sus ministros qué sucedía.
Los ministros replicaron: «Majestad, tras toda la interacción inicial, todo el mundo considera que sus propias preocupaciones familiares ¡son mucho mejores que las de otros!».
Si llegamos al fondo de nuestras pretendidas preocupaciones, comprenderemos que simplemente estamos magnificando cosas que no son tan malas, al fin y al cabo. Simplemente hablamos y hablamos sin profundizar realmente en los temas. Si profundizamos en ellos, nos darnos cuenta de que las preocupaciones en realidad apenas representan un 10% de todo lo que nos preocupamos.